lunes, 23 de junio de 2014

Messi y Romero salvaron a Argentina

Argentina 1-0 Irán

Argentina ganó por Messi y por Romero. Esto habla de la dependencia que la Selección tiene con su figura, más allá del carente desempeño colectivo. Por otra parte, que el arquero haya sido importante fue una clara muestra de las falencias defensivas.

Hasta el momento, el conjunto de Alejandro Sabella ha sumado dos triunfos y varios desaciertos. Bosnia e Irán no son medida para un equipo que pretende ser campeón. Entre los candidatos a ganar la Copa, Argentina asomaba como favorito producto de Messi, de los delanteros que lo acompañan, de los rivales del grupo F y devun fixture accesible. Sin embargo, la Selección no llegó preparada a Brasil, como tampoco había arribado a Sudáfrica 2010.

La improvisación es alarmante, los proyectos inexistentes y los resultados son producto de las virtudes individuales o de los errores colectivos. Tal el caso del seleccionado en estas dos presentaciones. La convocatoria a último momento de Martín Demichelis fue el anticipo de uno de los principales temores de Sabella: la defensa. Conformada con jugadores de poco ruedo, sobre todo Rojo, Garay y Fernández, la última línea del equipo comenzó a diagramarse durante 2013, en las eliminatorias. Las inseguridades del entrenador hicieron que para el debut cambie de esquema y arme un sistema con cinco defensores. Pero los problemas defensivos hacen a un todo y no a la cantidad de jugadores en la zaga.

El encuentro con Irán fue una demostración de que los problemas defensivos comienzan con los delanteros, que no retroceden un metro para marcar, desprotegiendo a un solitario Mascherano y exponiendo a Romero hasta convertirlo en figura ante una de las selecciones más pobres de la Copa. Argentina estuvo a pocos minutos del papelón total de no ser por la genialidad de Messi. Asimismo, la segunda línea de contención debería ser el mediocampo, pero Argentina lució estirada, siendo un equipo partido en dos, con defensores que retroceden desordenadamente y con delanteros que no colaboran. Holanda, Francia, Colombia, México, Chile, Alemania y Ghana están bien armados en la mitad de la cancha y el equilibrio en ese sector es elemental. El equipo argentino tampoco cuenta con esa característica, transformándolo en un conjunto endeble.

La dependencia al astro del Barcelona resulta lógica, aunque el resto parece no entender a qué y cómo jugar. ¿Lo sabrán? Por lo visto en este Mundial, la mayoría de los equipos tienen una premisa, más allá del sistema, que es jugar en velocidad y a un toque. Es decir, el traslado de la pelota es escaso y el juego colectivo prioritario. Nada de eso hace Argentina. Para colmo, el planteo es siempre el mismo: tener la pelota, asfixiar al rival, acorralarlo y tratar de entrar por huecos que no se generan. Imposible. En cambio, los demás equipos resignan un poco la tenencia del balón para intercambiar golpes, generando espacios y obligando al otro a ir a buscar el partido.

La falta de espacios es productiva para los rivales, que se abroquelan atrás, marcan mejor a las figuras y están preparados para el contragolpe. Desde Sudáfrica 2010 quedó claro que el contraataque es la premisa ofensiva de la mayoría, producto de la dinámica del juego. Argentina mantiene la idiosincrasia anticuada de lateralizar el juego hasta que algún genio frote la lámpara. Absurdo. Además, con la característica de los jugadores, la Selección debe optar por el contraataque. La velocidad manda, y jugar de primera parece un insulto para los argentinos. Lo extraño es que en sus clubes todos juegan así y son jugadores de por sí rápidos. Llamativo.

Finalmente, otra de las cuestiones a resolver es qué sistema elegir, en base a los jugadores que se tienen. Para ello, Sabella debería saber en qué puestos se desempeñan sus futbolistas en cada uno de los clubes. ¿Por qué cuando se ponen la camiseta argentina estos jugadores cambian la forma de jugar? La falta de trabajo y de coordinación es la respuesta. “Los centros que Burruchaga envía en Francia los cabecea Valdano en España”, decía Carlos Bilardo cuando dirigió a la Argentina campeona en México ’86. Nada de eso sucede en la Selección desde hace años, no es un problema novedoso, al contrario, es un defecto reiterado y no resuelto jamás. 

Con la clasificación asegurada, el equipo argentino disputará el último encuentro ante Nigeria para conocer su próximo rival. Luego, la segunda ronda no ofrece nuevas oportunidades. Como equipo, Argentina nunca apareció y para alcanzar el séptimo partido deberá cambiar radicalmente o soñar con Messi como salvador. La segunda opción es ilusoria, taparía los defectos colectivos y lo peor de todo es que éste parece ser el único camino.