Europa: ¿el único objetivo del futbolista?


El debut en primera división es un paso más en la vida del jugador de fútbol; ya no es un sueño, sino el engranaje de un proceso natural. Vestir la camiseta de la selección Argentina es un factor de proyección seductora para introducirse en el mercado, pero afronta el ineludible compromiso de jugar "para ganar" un Mundial o la Copa América, algo que no todos pueden sobrellevar. Por lo tanto, el máximo deseo de un futbolista es actuar en un equipo de Europa -transferencia millonaria mediante- y jugar la Champions, el torneo "marketinero" que bajo las vibraciones del himno de Tony Britten enardece a los televidentes.

¿Desde cuándo  y por qué? Desde hace algunas décadas, formamos parte de una sociedad globalizada, la que nos seduce desde la conectividad y donde las experiencias sensoriales no son vividas, sino transmitidas; un universo de usuarios que nos transportan sobre una marea de datos para hacernos creer que la vida es lo que sucede en las redes sociales, en lo que nos muestra Netflix o en los desafíos que nos propone un juego de la PlayStation.

La espectacularidad de los eventos deportivos más trascendentes, con sus shows de apertura y cierre, las premiaciones y los recitales -con juegos de luces, drones, fuegos artificiales y efectos hollywoodenses- ofrecen un marco único para hechizar al televidente y a todo deportista amateur. Además, las cifras disponibles para el reparto de las ganancias -en dólares o euros- entre los competidores y la posibilidad de acceder al prestigioso paraíso de las celebridades, son algunas de las nuevas prioridades de los futuros profesionales.

Cuando los medios de comunicación broadcasting -radio, periódicos, TV- dominaban la esfera social, los pequeños futbolistas fantaseaban con un reportaje en los programas del "Gordo" Muñoz o de Victor Hugo Morales, con aparecer en Fútbol de Primera y decir "muevo yo, Mauro..." o con eternizar una foto y su apellido en las páginas de los diarios. En aquellos tiempos, muy pocos profesionales militaban -y triunfaban- en Europa; participar de la Copa Libertadores era como viajar a otra galaxia, y se transmitían por televisión solo dos partidos del fútbol local por semana. Nada más. De modo que, para enterarte de lo que sucedía con Kempes o con Ardiles en el viejo continente –por ejemplo- había que esperar algún reportaje en El Gráfico. 

"Esperar". Una palabra clave para comprender el mundo de ayer y el de hoy, donde la espera está determinada por segundos, mientras que hace 30 años -o más- las expectativas eran regidas por la llegada de una carta al buzón de tu casa, por un llamado telefónico, en sintonizar Fútbol de Primera los domingos, poder escuchar una tira deportiva en radio o en ir a comprar El Gráfico los martes a la mañana. Así, la semana era una construcción de tiempos con espacios; con rutinas, claro, pero también eran momentos de espontaneidad, donde el fútbol parecía una experiencia compartida sin distancias: a la pelota se jugaba en terrenos baldíos o en plazas, las figuritas de tus ídolos se ganaban en el patio de la escuela, mientras las discusiones de los partidos se daban en la fábrica, en la oficina, en el café y en la vereda. Hoy, algunas prácticas todavía se sostienen en aquellos campos sociales reales, en los cuales el juego sigue siendo el principal hábito de aspiración para el deportista del mañana.

Sin embargo, en esta época globalizada, las relaciones sociales se expandieron hacia una tercera dimensión, donde la experiencia además es virtual. Precisamente, la hiperconectividad redujo las medidas de tiempo y espacio: las noticias ya no se "esperan" -como el correo o el programa de TV-, sino que "te llegan" a la velocidad de la luz. La actual era de la "ansiedad" aceleró los períodos del deseo, aunque liberó a la adolescencia hasta eternizarla y convertirla en la etapa más dilatada del ser humano.

El fútbol -como todo lo virtualizado- es percibido mediante diversos dispositivos, plataformas y medios, de manera transmedial, siendo la comunicación la fuente principal de aquellas experiencias que se invaden constantemente desde un discurso hacia otro. El fútbol se practica en las plazas, en los clubes, en los terrenos y en las canchas, pero también se "juega" en la PlayStation o en la Xbox, y se mira por televisión, en YouTube o en cualquier herramienta digital. No obstante, la oferta del juego virtual y de la observación desde las pantallas son infinitas e irresistibles: en la PlayStation podés ganar interpretando a Messi o a Cristiano, mientras que los shows desplegados en los eventos televisados no se ven en las canchas del fútbol argentino.

Una práctica nacional devaluada por diversos motivos que obedecen -sobre todo- a una problemática organizativa y de identificaciones fallidas. El "ganar a toda costa" empoderó a la victoria como única situación posible. El campeón se lleva todo, hasta la popularidad: cosechar seguidores y sumar "me gusta" es factor de aceptación. En el fútbol, los títulos obtenidos garantizan aquella misma valoración mediática, pero en el terreno de juego. Ya no se pregunta "¿de qué sos hincha?" sino "¿sos de River o de Boca?". En los últimos años, Boca y River acumularon la mayoría de los títulos en disputa, tanto locales como internacionales, elevando el Superclásico hasta el ámbito continental. Se trata de una rivalidad global, no local, y esa proyección se cristalizó como un propósito natural. Ideal para el show-business.  

El entretenimiento puede más y la tecnología ayuda a esparcirlo por todo el planeta. La NBA tiene mayor rating que la Liga Nacional de Básquet, un Mundial de Fútbol paraliza al país, la Copa Libertadores es la "única" obsesión y ya no alcanzan los campeonatos locales para garantizar el éxito. El modelo "Champions League" y los sucesos que ofrecen los Juegos Olímpicos fueron dominando las pantallas, seduciendo a los televidentes y a los jugadores de “la Play”. Lo mismo sucede con la Fórmula Uno, la NFL o las ligas continentales de cualquier deporte. Todo apunta al deporte global. 

La perspectiva se agudizó con las redes sociales, que le imprimieron a los usuarios un sentido de pertenencia trivial, donde solo los "influencers" y las celebridades –más que nada de rango internacional- emergen como modelos a seguir y –en consecuencia- a imitar. Por eso, lo local es demasiado terrenal y "queda chico", "no alcanza". Lo global "es lo que va" porque el mundo conocido se expandió desde la calle de tierra -donde pateábamos la pelota- hasta el Estadio de Wembley o el Bernabeu. El hombre ya no contempla únicamente su entorno físico y busca traspasar nuevas fronteras, influenciado por las tecnologías dominantes. Las luces, el dinero y la fama son las claves del éxito real y virtual. Hace unas décadas, Europa era un sueño prácticamente inalcanzable, pero hoy es “él” objetivo de todo futbolista. Eso sí: lo más rápido posible...