Trump y el caso Baloung: historia de una conducta prepotente


La relación de Donald Trump con el deporte comenzó oficialmente en 1983, cuando compró un equipo de fútbol americano de una liga emergente. Eran tiempos en los que el imperio anglosajón de Ronald Reagan expandía su cultura por el globo gracias al crecimiento de la televisión por cable. En aquella época, la NFL –National Football League- se consolidaba como el deporte más popular de Estados Unidos, desplazando definitivamente al béisbol. La llegada de un “desconocido” empresario neoyorquino de bienes raíces a este escenario fue una apuesta audaz e incluso visionaria, pero el desenlace sería escandaloso. Un final que hoy, en medio de la fiebre del Mundial y bajo la lupa del reciente caso Baloung, desnuda el patrón de conducta de un hombre prepotente y que nunca supo perder.

El nombre de Donald John Trump comenzó a aparecer en los periódicos norteamericanos con la adquisición de los New Jersey Generals. El desarrollador inmobiliario tuvo un ascenso fugaz entre los propietarios y escaló hasta convertirse en el máximo referente de la incipiente USFL, una competición que prosperó gracias a una huelga de jugadores de la NFL. La United States Football League, en la que participaban los Generals de Trump, se creó en 1983 con el objetivo de disputar sus partidos durante la primavera, ya que la temporada de la NFL ocupaba el calendario invernal. La respuesta del público fue inmediata y muchos estadios se llenaron porque la nueva organización implementó algunas reglas diferentes a las tradicionales para atraer a jugadores, entrenadores y patrocinantes.

A pesar de que la USFL tenía como objetivo no rivalizar con la NFL, aunque Trump hizo todo lo contrario. El “tío rico” creía que debían incorporar estrellas para mantener la competitividad, lo que obligó a los amos de la NFL a atrincherarse para proteger sus activos. Donald no reparó en gastos y se animó a “robarles” algunas figuras importantes. Así, la liga primaveral de fútbol americano entró en un círculo vicioso de contrataciones millonarias, y muchos empezaron a darse cuenta de que, si los titulares de los equipos de la USFL no recuperaban la inversión, la organización tendría las horas contadas.

El siguiente paso del excéntrico emprendedor fue demasiado ambicioso: impulsar un calendario de invierno para su proyecto, superponiendo fechas con la NFL. Al mismo tiempo, atacó a la National Football League acusándola de monopolio y demandándola en 1.700 millones de dólares. La estrategia estaba pensada para que, tras un hipotético triunfo legal, se fusionaran ambas ligas. El caso terminó en la Corte y, contra todo pronóstico, Trump ganó el juicio. Sin embargo, el argumento del jurado fue que Donald y los demás propietarios de la USFL “no necesitaban dinero” porque ya eran millonarios, por lo que les concedieron a los demandantes ¡un solo dólar! en concepto de daños. Fue un desenlace humillante para un hombre tan hambriento de poder.

Al poco tiempo, la USFL quebró, los equipos desaparecieron, muchos jugadores se retiraron y los dueños perdieron millones. No obstante, el episodio le permitió al magnate darse a conocer en todo el país, expandiendo su figura más allá de Nueva York. A partir del 29 de julio de 1986, cuando acaparó las tapas de los principales diarios, su nombre fue mencionado en la prensa en 161 ocasiones en solo unos días. A pesar del fiasco financiero, Trump jamás olvidó de este viejo conflicto y, años más tarde, volvería a la carga...

Corría el año 2014. La muerte de Ralph Wilson, dueño de los Buffalo Bills, sacudió a la NFL porque había sido uno de los grandes arquitectos de la era profesional moderna. Con la franquicia en venta, tres grupos pugnaban por la compra, entre ellos, el frente representado por el cantante Bon Jovi y ... Donald Trump.

Mediante una campaña mediática sucia y plagada de fake news contra el músico, el futuro presidente intentó adquirir a los Bills. A pesar de ello, la cúpula de la NFL inclinó la subasta hacia Terry Pegula -quien ya era propietario del equipo de hockey de Buffalo- e hicieron oídos sordos a cualquier propuesta que surgiera del ahora líder republicano. Otra bofetada, dirían los “yanquis”.

La explicación es simple: los patrones de la NFL representan a las compañías industriales más poderosas de Norteamérica y no están dispuestos a entregar su tesoro a compradores polémicos o compulsivos. Pero, Donald no pensaba rendirse; ese ensañamiento y sus pretensiones para inmiscuirse en el negocio de los deportes venían desde mucho antes.

Donald Trump en su etapa como dueño
de los New Jersey Generals.
Fuente:
Al Pereira / Getty Images

En 1981, Trump pretendió adquirir a los Baltimore Colts (hoy en Indianápolis), y la oferta fue rechazada. Le siguieron más frustraciones antes de la oportunidad de Buffalo en 2014, cuando el empresario quiso adueñarse de los Dallas Cowboys y, en otra ocasión, de los New England Patriots. 

Para justificar su retirada de la adquisición de los Vaqueros de Dallas en 1984, Trump destiló su habitual soberbia ante The New York Times: "Siento lástima por el pobre tipo que vaya a comprar los Dallas Cowboys. Es una situación en la que no hay forma de ganar. Porque si gana, bueno, ¿a quién le importa? Ya han ganado durante años. Y si pierde, lo cual parece probable porque están teniendo problemas, será conocido ante el mundo como un perdedor". La historia se encargaría de contradecirlo: pocos años después, bajo el mando de Jerry Jones, los Cowboys ganarían los Super Bowls XXVII, XXVIII y XXX, convirtiéndose en la franquicia más valiosa del planeta.

El fantasma del rechazo volvió a aparecer en 1988. Los dueños de la NFL también bloquearon la operación de compra de los Patriots. El comisionado Pete Rozelle odiaba profundamente a Trump por haber intentado hundir su liga con la USFL, apenas dos años antes. El magnate decidió no presentar una oferta formal para evitar otra humillación pública de ser rechazado.

Los Patriots terminaron vendiéndose a Victor Kiam por 84 millones de dólares. Años más tarde, Robert Kraft compraría el equipo, dando inicio a la dinastía de Tom Brady y Bill Belichick. Si Trump hubiera conseguido el equipo en 1988, la historia del fútbol americano moderno habría sido radicalmente distinta.

La trama no tiene un final. A fines de la década de los 90, el amigo de Trump, Vince McMahon -un ex fisicoculturista que supo potenciar los espectáculos de lucha libre de la WWE-, se asoció con la cadena televisiva NBC para crear la XFL, otra competición ascendente de fútbol americano. Tras un buen comienzo, la audiencia decayó estrepitosamente y el grupo económico que lo respaldaba el proyecto se retiró. El experimento apenas duró una temporada.

Cuando Donald se postuló como candidato republicano, McMahon donó 5 millones de dólares a la Fundación D. J. Trump, convirtiéndose en su principal benefactor. Una vez que el hombre de negocios llegó a la Casa Blanca, nombró a Linda, la esposa de McMahon, como miembro titular de su Gabinete. Ella y su esposo se negaron en reiteradas oportunidades a hablar sobre aquella donación, porque los hilos que unían a ambas familias eran más que evidentes.  

Los fracasos anteriores de Trump con la USFL y de McMahon con la XFL abrieron paso a un nuevo resurgimiento. En 2020, McMahon dio una conferencia de prensa en la que anunció el retorno de la extinta liga. Aunque el fundador de la WWE aseguró “no haber consultado al presidente respecto a la reapertura”, nadie le creyó. Sus palabras posteriores parecieron salidas de la boca del mismísimo Trump: “Los jugadores de la XFL no podrán asumir posturas personales mientras estén en el terreno de juego. La gente no quiere que los problemas sociales y políticos entren al emparrillado cuando están buscando diversión”. Y agregó: “Si alguien pretende arrodillarse, que lo haga en su tiempo libre”.

Así, la guerra eterna del presidente contra la NFL se había actualizado bajo otros matices, cuando el millonario criticó con dureza a los jugadores de fútbol americano que se arrodillaban durante la entonación del himno, en protesta por la brutalidad policial sufrida por la comunidad afroamericana -el icónico caso de Collin Kaepernick-. El mandatario descargó su furia, los insultó y bajó línea sobre lo que debería gestionarse en la liga y cómo debía ser el comportamiento de los atletas. Su principal adepto, McMahon, se alineó de inmediato con el mensaje y replicó la censura en su propio terreno.

Tras la pandemia y ante la falta de sostenibilidad financiera, llegó el fin de la XFL y de los sueños compartidos entre McMahon y Trump. La relación del magnate inmobiliario con el deporte ha sido siempre turbulenta. Sus pretensiones adoctrinadoras dejaron marcas imborrables en la memoria colectiva, y su prepotencia desenfrenada jamás fue olvidada por los principales referentes de la industria del deporte norteamericano. Sin embargo, Gianni Infantino, jefe de la FIFA, no pareció advertir el pasado del magnate. 

Pasaron 45 años desde la primera aventura de Trump en este rubro. Es precisamente ahora, con los ojos del planeta puestos en el Mundial de Fútbol, donde el caso Baloung recobra total dimensión al desnudar una conducta reiterada: a pesar de las décadas, los millones y el poder presidencial, Trump nunca cambió


Referencia "Caso Baolung":

El 1 de julio de 2026, en la instancia de 32avos del Mundial de Fútbol, el futbolista de la selección de Estados Unidos, Folarin Balogun, fue expulsado por pisar el tobillo de Tarik Muharemovic, de Bosnia-Herzegovina. Eso activaba un partido de suspensión automática y debía perderse el cruce de octavos vs Bélgica. Sin embargo, el domingo 5 de julio, FIFA anunció que suspendía la implementación de la sanción por un año, usando el artículo 27 del Código Disciplinario. Así, Balogun quedó habilitado para jugar vs Bélgica, siendo la primera vez desde 1962 que una roja en un Mundial no termina en suspensión. Al día siguiente, el presidente Donald Trump admitió el lunes que llamó al presidente de FIFA, Gianni Infantino, para pedir que revisaran la roja. Dijo que “no fue ni falta” y que el árbitro Raphael Claus es “un poco sospechoso si revisás su pasado”. Según fuentes, la Casa Blanca hizo la llamada directa a FIFA. Trump aclaró: “Yo no le dije qué hacer, no puedo decirle qué hacer”. 

Fuentes: 

Cómo Trump destrozó una liga de fútbol

Trump y la NFL: la historia de un ensañamiento