Messi no
es el Maradona de los ‘80. Diego y Lionel son jugadores diferentes con
personalidades totalmente distintas. Maradona tenía un temperamento avasallante y que contagiaba al resto. Messi no posee ese mismo espíritu. A Diego se lo divinizó
porque él quiso ser Dios. A Lio no le interesa ser todopoderoso. Al astro del
Barcelona le alcanza y le sobra con ser el mejor jugador del mundo.
Diego fue edificando su propio
altar desde que era joven y cuando sus sueños estaban lejos de cumplirse. Messi
no desea habitar el sagrario que muchos pretenden construirle para continuar el
rito de la comparación. Hay hombres que -gracias a sus aptitudes o voluntades-
logran instalarse en la memoria colectiva producto de lo que hacen, lo que
dicen o lo que transmiten. Lio solo transfiere lo que hace con sus pies con total naturalidad.

