09 julio 2026

Trump y el caso Baloung: historia de una conducta prepotente


La relación de Donald Trump con el deporte comenzó oficialmente en 1983, cuando compró un equipo de fútbol americano de una liga emergente. Eran tiempos en los que el imperio anglosajón de Ronald Reagan expandía su cultura por el globo gracias al crecimiento de la televisión por cable. En aquella época, la NFL –National Football League- se consolidaba como el deporte más popular de Estados Unidos, desplazando definitivamente al béisbol. La llegada de un “desconocido” empresario neoyorquino de bienes raíces a este escenario fue una apuesta audaz e incluso visionaria, pero el desenlace sería escandaloso. Un final que hoy, en medio de la fiebre del Mundial y bajo la lupa del reciente caso Baloung, desnuda el patrón de conducta de un hombre prepotente y que nunca supo perder.

El nombre de Donald John Trump comenzó a aparecer en los periódicos norteamericanos con la adquisición de los New Jersey Generals. El desarrollador inmobiliario tuvo un ascenso fugaz entre los propietarios y escaló hasta convertirse en el máximo referente de la incipiente USFL, una competición que prosperó gracias a una huelga de jugadores de la NFL. La United States Football League, en la que participaban los Generals de Trump, se creó en 1983 con el objetivo de disputar sus partidos durante la primavera, ya que la temporada de la NFL ocupaba el calendario invernal. La respuesta del público fue inmediata y muchos estadios se llenaron porque la nueva organización implementó algunas reglas diferentes a las tradicionales para atraer a jugadores, entrenadores y patrocinantes.

A pesar de que la USFL tenía como objetivo no rivalizar con la NFL, aunque Trump hizo todo lo contrario. El “tío rico” creía que debían incorporar estrellas para mantener la competitividad, lo que obligó a los amos de la NFL a atrincherarse para proteger sus activos. Donald no reparó en gastos y se animó a “robarles” algunas figuras importantes. Así, la liga primaveral de fútbol americano entró en un círculo vicioso de contrataciones millonarias, y muchos empezaron a darse cuenta de que, si los titulares de los equipos de la USFL no recuperaban la inversión, la organización tendría las horas contadas.

El siguiente paso del excéntrico emprendedor fue demasiado ambicioso: impulsar un calendario de invierno para su proyecto, superponiendo fechas con la NFL. Al mismo tiempo, atacó a la National Football League acusándola de monopolio y demandándola en 1.700 millones de dólares. La estrategia estaba pensada para que, tras un hipotético triunfo legal, se fusionaran ambas ligas. El caso terminó en la Corte y, contra todo pronóstico, Trump ganó el juicio. Sin embargo, el argumento del jurado fue que Donald y los demás propietarios de la USFL “no necesitaban dinero” porque ya eran millonarios, por lo que les concedieron a los demandantes ¡un solo dólar! en concepto de daños. Fue un desenlace humillante para un hombre tan hambriento de poder.

Al poco tiempo, la USFL quebró, los equipos desaparecieron, muchos jugadores se retiraron y los dueños perdieron millones. No obstante, el episodio le permitió al magnate darse a conocer en todo el país, expandiendo su figura más allá de Nueva York. A partir del 29 de julio de 1986, cuando acaparó las tapas de los principales diarios, su nombre fue mencionado en la prensa en 161 ocasiones en solo unos días. A pesar del fiasco financiero, Trump jamás olvidó de este viejo conflicto y, años más tarde, volvería a la carga...

Corría el año 2014. La muerte de Ralph Wilson, dueño de los Buffalo Bills, sacudió a la NFL porque había sido uno de los grandes arquitectos de la era profesional moderna. Con la franquicia en venta, tres grupos pugnaban por la compra, entre ellos, el frente representado por el cantante Bon Jovi y ... Donald Trump.

Mediante una campaña mediática sucia y plagada de fake news contra el músico, el futuro presidente intentó adquirir a los Bills. A pesar de ello, la cúpula de la NFL inclinó la subasta hacia Terry Pegula -quien ya era propietario del equipo de hockey de Buffalo- e hicieron oídos sordos a cualquier propuesta que surgiera del ahora líder republicano. Otra bofetada, dirían los “yanquis”.

La explicación es simple: los patrones de la NFL representan a las compañías industriales más poderosas de Norteamérica y no están dispuestos a entregar su tesoro a compradores polémicos o compulsivos. Pero, Donald no pensaba rendirse; ese ensañamiento y sus pretensiones para inmiscuirse en el negocio de los deportes venían desde mucho antes.

Donald Trump en su etapa como dueño
de los New Jersey Generals.
Fuente:
Al Pereira / Getty Images

En 1981, Trump pretendió adquirir a los Baltimore Colts (hoy en Indianápolis), y la oferta fue rechazada. Le siguieron más frustraciones antes de la oportunidad de Buffalo en 2014, cuando el empresario quiso adueñarse de los Dallas Cowboys y, en otra ocasión, de los New England Patriots. 

Para justificar su retirada de la adquisición de los Vaqueros de Dallas en 1984, Trump destiló su habitual soberbia ante The New York Times: "Siento lástima por el pobre tipo que vaya a comprar los Dallas Cowboys. Es una situación en la que no hay forma de ganar. Porque si gana, bueno, ¿a quién le importa? Ya han ganado durante años. Y si pierde, lo cual parece probable porque están teniendo problemas, será conocido ante el mundo como un perdedor". La historia se encargaría de contradecirlo: pocos años después, bajo el mando de Jerry Jones, los Cowboys ganarían los Super Bowls XXVII, XXVIII y XXX, convirtiéndose en la franquicia más valiosa del planeta.

El fantasma del rechazo volvió a aparecer en 1988. Los dueños de la NFL también bloquearon la operación de compra de los Patriots. El comisionado Pete Rozelle odiaba profundamente a Trump por haber intentado hundir su liga con la USFL, apenas dos años antes. El magnate decidió no presentar una oferta formal para evitar otra humillación pública de ser rechazado.

Los Patriots terminaron vendiéndose a Victor Kiam por 84 millones de dólares. Años más tarde, Robert Kraft compraría el equipo, dando inicio a la dinastía de Tom Brady y Bill Belichick. Si Trump hubiera conseguido el equipo en 1988, la historia del fútbol americano moderno habría sido radicalmente distinta.

La trama no tiene un final. A fines de la década de los 90, el amigo de Trump, Vince McMahon -un ex fisicoculturista que supo potenciar los espectáculos de lucha libre de la WWE-, se asoció con la cadena televisiva NBC para crear la XFL, otra competición ascendente de fútbol americano. Tras un buen comienzo, la audiencia decayó estrepitosamente y el grupo económico que lo respaldaba el proyecto se retiró. El experimento apenas duró una temporada.

Cuando Donald se postuló como candidato republicano, McMahon donó 5 millones de dólares a la Fundación D. J. Trump, convirtiéndose en su principal benefactor. Una vez que el hombre de negocios llegó a la Casa Blanca, nombró a Linda, la esposa de McMahon, como miembro titular de su Gabinete. Ella y su esposo se negaron en reiteradas oportunidades a hablar sobre aquella donación, porque los hilos que unían a ambas familias eran más que evidentes.  

Los fracasos anteriores de Trump con la USFL y de McMahon con la XFL abrieron paso a un nuevo resurgimiento. En 2020, McMahon dio una conferencia de prensa en la que anunció el retorno de la extinta liga. Aunque el fundador de la WWE aseguró “no haber consultado al presidente respecto a la reapertura”, nadie le creyó. Sus palabras posteriores parecieron salidas de la boca del mismísimo Trump: “Los jugadores de la XFL no podrán asumir posturas personales mientras estén en el terreno de juego. La gente no quiere que los problemas sociales y políticos entren al emparrillado cuando están buscando diversión”. Y agregó: “Si alguien pretende arrodillarse, que lo haga en su tiempo libre”.

Así, la guerra eterna del presidente contra la NFL se había actualizado bajo otros matices, cuando el millonario criticó con dureza a los jugadores de fútbol americano que se arrodillaban durante la entonación del himno, en protesta por la brutalidad policial sufrida por la comunidad afroamericana -el icónico caso de Collin Kaepernick-. El mandatario descargó su furia, los insultó y bajó línea sobre lo que debería gestionarse en la liga y cómo debía ser el comportamiento de los atletas. Su principal adepto, McMahon, se alineó de inmediato con el mensaje y replicó la censura en su propio terreno.

Tras la pandemia y ante la falta de sostenibilidad financiera, llegó el fin de la XFL y de los sueños compartidos entre McMahon y Trump. La relación del magnate inmobiliario con el deporte ha sido siempre turbulenta. Sus pretensiones adoctrinadoras dejaron marcas imborrables en la memoria colectiva, y su prepotencia desenfrenada jamás fue olvidada por los principales referentes de la industria del deporte norteamericano. Sin embargo, Gianni Infantino, jefe de la FIFA, no pareció advertir el pasado del magnate. 

Pasaron 45 años desde la primera aventura de Trump en este rubro. Es precisamente ahora, con los ojos del planeta puestos en el Mundial de Fútbol, donde el caso Baloung recobra total dimensión al desnudar una conducta reiterada: a pesar de las décadas, los millones y el poder presidencial, Trump nunca cambió


Referencia "Caso Baolung":

El 1 de julio de 2026, en la instancia de 32avos del Mundial de Fútbol, el futbolista de la selección de Estados Unidos, Folarin Balogun, fue expulsado por pisar el tobillo de Tarik Muharemovic, de Bosnia-Herzegovina. Eso activaba un partido de suspensión automática y debía perderse el cruce de octavos vs Bélgica. Sin embargo, el domingo 5 de julio, FIFA anunció que suspendía la implementación de la sanción por un año, usando el artículo 27 del Código Disciplinario. Así, Balogun quedó habilitado para jugar vs Bélgica, siendo la primera vez desde 1962 que una roja en un Mundial no termina en suspensión. Al día siguiente, el presidente Donald Trump admitió el lunes que llamó al presidente de FIFA, Gianni Infantino, para pedir que revisaran la roja. Dijo que “no fue ni falta” y que el árbitro Raphael Claus es “un poco sospechoso si revisás su pasado”. Según fuentes, la Casa Blanca hizo la llamada directa a FIFA. Trump aclaró: “Yo no le dije qué hacer, no puedo decirle qué hacer”. 

Fuentes: 

Cómo Trump destrozó una liga de fútbol

Trump y la NFL: la historia de un ensañamiento 

21 febrero 2026

Riquelme, el caudillo del caos: El fin de la mística y el triunfo de la improvisación

 

Bajo la conducción de su ídolo, Boca sostiene un modelo de impulsividad. Cuando el único proyecto es un eslogan, el equipo se condena a la improvisación constante. ¿Hay un plan real o solo un sueño compartido? Entre el populismo discursivo y la falta de jerarquía, el club camina a ciegas por un virus que parece incurable.

En el fútbol, nada de lo que ocurre sobre el césped es producto del azar o responsabilidad exclusiva de los futbolistas. Existe un contexto configurado por decisiones dirigenciales, tácticas discursivas y conductas personales que empujan silenciosamente hasta repercutir en el rendimiento dominical. Como en cualquier estructura, las decisiones particulares terminan moldeando la situación general. En Boca, Juan Román Riquelme y su círculo cercano han diseñado ese contexto. Cada medida —desde el armado del plantel y la llegada de refuerzos hasta los despidos de entrenadores y las sanciones disciplinarias— impacta directamente en el grupo humano. A esto se suma una comunicación que suele "patear en contra": en el Mundo Boca, la pasión y el sentimiento se imponen sistemáticamente sobre la razón, magnificando o menospreciando hechos según la conveniencia del relato oficial. 

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Esta ausencia de planificación estratégica deja al desnudo un interrogante punzante: ¿Tiene Boca un plan? Desde lo discursivo, “ganar la Copa Libertadores” es el único y supuesto programa, pero hoy se percibe más como un sueño abstracto que un proyecto u objetivo palpable. Es un deseo exigible tras dos décadas de sequía internacional, un eslogan de campaña que se ha transformado en una "obsesión" autoimpuesta. Esa pretensión idealista de conquistar América ha generado frustraciones, rupturas y decisiones apresuradas. Además, reducir los objetivos de un equipo a una competencia cuyo resultado nadie puede garantizar -sobre todo frente al poderío brasileño- es una postura populista y tribunera. Una cosa es el deseo y otra la realidad; el problema es que nadie en el club parece preguntarse cómo lograrlo.

La conducción debería saber que, para alcanzar metas, primero hay que trazar una hoja de ruta. Sin embargo, en Boca la variable "finalidad/tiempo" queda reducida a la frase remanida de "ganar siempre". Pura pasión sin sustento. Y para encauzar objetivos complejos se requiere determinación, autoridad y, sobre todo, racionalidad. El éxito no debería ser un "milagro mágico", sino el resultado de un proyecto integral que pueda reflejarse en un equipo que sea realmente competitivo, que tenga identidad de juego, basado en el potencial propio (Boca Predio) y con la incorporación de refuerzos de jerarquía. Esto último ha generado muchas polémicas por los vínculos dudosos con representantes amigos.

Si bien este ciclo había logrado varios títulos locales, estos se sienten cada vez más lejanos. Con Russo, Battaglia e Ibarra, el equipo fue imbatible domésticamente, aunque esos logros no evitaron la salida traumática de jugadores emblemáticos como Tévez, Izquierdoz, Medina o Rossi. La lista es extensa con futbolistas menos representativos, pero el deseo de salir pudo más que las ganas de cumplir el anhelo de “ganar la Copa”.

Los conflictos personales se agudizan cuando desde la conducción nunca se inculcaron códigos de conducta adecuados. Para colmo, el mando carece de serenidad y las decisiones suelen tomarse "en caliente". Es una tendencia autodestructiva que arrastra a técnicos y a jugadores. En Boca, los cambios constantes de DT y los discursos contradictorios terminaron socavando la conducta del plantel. Hoy, el orden de prioridades parece invertido: se busca la finalidad antes que construir el equipo. Y para revertir ello también se necesita talento fuera del campo de juego, pero Riquelme se rodeó de amigos y de familiares cercanos para comandar al club más importante del país.

La situación de Boca es compleja: atraviesa un ciclo donde el peso de su historia parece chocar contra una realidad futbolística esquiva. Lo que debería ser un presente de consolidación por los nombres de peso en el plantel, se ha transformado en un interrogante permanente que inquieta al hincha y desafía nada menos que el legado del ídolo máximo. Hoy, el equipo habita en una irregularidad crónica, carente de una identidad que se sostenga más allá de los límites de La Bombonera.

En este escenario, el Xeneize está por comenzar su participación en la Libertadores 20206 en medio de otro torbellino deportivo. Hace años que el equipo no logra encadenar tres partidos buenos, la injerencia del presidente en la formación del equipo parece más evidente cuando juegan los jugadores que más dinero costaron y el entrenador carece del respaldo necesario para semejante desafío. Si vamos hacia atrás, un claro ejemplo autodestructivo y contradictorio fue la aniquilación de un medio campo formado en Boca Predio: Varela, Medina y Almendra, considerados “demasiado jóvenes” para los objetivos inmediatos, una postura que sufrió Exequiel Zeballos y hasta hace unos meses Milton Delgado.

La preocupación en el "Mundo Boca" es total. Los refuerzos se contagian de un presente apático y los entrenadores parecen degradar al equipo en lugar de evolucionarlo. Persiste la duda de si los técnicos de verdadera jerarquía evitan el club por la injerencia presidencial.  

En definitiva, Boca está atrapado en un bucle de impulsividad. El virus de la falta de lógica ha infectado la estructura del club. Manejar a Boca sin un plan estratégico, apostando todo al “como sea” es una temeridad que degrada la historia de la institución. Conducir para la tribuna no es liderazgo, es irresponsabilidad. Mientras la razón siga ausente en la toma de decisiones y se pretenda alcanzar el éxito por designio divino y no por planificación, el club seguirá a la deriva. Sin un plan, lo que queda no es mística, es el riesgo latente de una decadencia que el club no se puede permitir. 


Anexo: los entrenadores de Román y sus refuerzos

Miguel Ángel Russo (2020-2021)

Sebastián Battaglia (2021-2022)

Hugo Ibarra (2022-2023)

Jorge Almirón (2023)

Diego Martínez (2024)

Fernando Gago (2024-2025)

Miguel Ángel Russo (2025+)

Claudio Úbeda (2025-2026)


Todos los Refuerzos de la gestión Riquelme (2019-2026). 

⭐️ relevancia     ↩️ regreso

▪️2020: Pol Fernández ↩️⭐️, Zambrano, Cardona ↩️, D. González, J. García ↩️

▪️2021: Rojo, Ramírez, Briasco, Rolón, Orsini, Advíncula

▪️2022: Brey, Pol Fernández ↩️, Benedetto ↩️, Figal, O. Romero, S. Romero, Roncaglia ↩️, Payero

▪️2023: Valdez, Merentiel⭐️, Cavani, Blondel, Saracchi, Janson, Bullaude 

▪️2024: Lema, Zenón, Blanco, Medel ↩️Belmonte, Giménez, Aguirre, Martegani, Miramón, 

Barinaga 

▪️2025: Palacios, Costa, Herrera, Battaglia, Marchesín, Velasco, Alarcón, Pellegrino, Braida, 

Paredes ↩️⭐️

▪️2026: Ascacibar, A. Romero, Bareiro